domingo, 19 de octubre de 2014

La vida sin celular

-¿A qué hora venís?
-A las 10 paso por ahí.
-Ok, mandame un mensaje.
-No, no tengo celular...

::VIOLINES::

Oh sí, "no tengo celular", ¡qué expresión! ¡cuánto dolor! Es casi como dar la noticia del penoso fallecimiento de alguien. Es estar desnudo y desnutrido en el medio de la ciudad. Es exclusión y marginalidad a la vez.

Lector: ¿recuerda el día a día sin celular?, apasionante, una aventura diaria. Un mundo mucho más relajado y ligado a la incertidumbre, donde no había "llamadas perdidas", donde los compromisos eran compromisos y los vínculos se ponían a prueba de fuego. Donde el "se me complicó" -en forma de mensaje, cinco minutos antes de la hora pautada- no existía, tan solo era "creer o reventar"... idílico.

El miedo a que la nena todavía no llega; la magia de salir a buscar a esos amigos atorrantes en lugares públicos frecuentes; una verdadera y excéntrica maravilla. Un concepto, que, junto a otros como el "grabar canciones de cassette a casette en un doble casetero", quedarán en la historia más pintoresca del siglo, que al paso que va, dentro de muy poco nos instalarán un chip en las entrañas antes de nacer.

No hay despertador, no hay mensajería instantánea gratuita, no hay fotos, no hay video, no hay redes sociales azules ni celestes, no hay calendario ni recordatorios. No hay nada, solo un desierto enorme y árido de utilidades y beneficios.

-Disculpá, ¿tenés hora?
-No... (VIOLINES) porque no tengo celular.

Y ahora, a la búsqueda de ese nuevo compañero. Un compañero que tal vez no tenga todas las cualidades de su antecesor, pero en todo caso servirá como un buen soldado, hasta el día en que llegará él, con su cerebro mejorado y su corazón de varios gigas.

Valore la vida lector, y no sé queje si no es necesario.


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