Convivir con "algo" para el resto de la vida. Es el primer y más desafiante concepto que todo humano -o al menos en su mejor momento de lucidez- piensa antes de inyectarse tinta en la carne.
Es una tradición antiquísima; es cierto. Lo hacen humanos ancestrales desde hace miles de años. Cruzó los océanos en brazos de marineros que recordaban el calor de una mujer o las golondrinas portadoras de buena fortuna, y de a poco, se instaló en la cultura occidental.
A paso de hormiga, y con esfuerzo, se viene posicionando en la sociedad como una opción de vida más, un símbolo que acarrea recuerdos, anhelos, esperanzas, y por qué no, frivolidad.
Ya nadie se cuestiona si el que lleva pintada la piel es un re conocido conductor de tv o si es quien vende comida rápida, un sano símbolo del verdadero progreso.
El momento puede llegar, o no. Pero cuando llega, no duele. Están escribiendo una historia, inmortalizándola en la dermis. Cada aguja que se ensarta en el cuerpo deja una huella que no pretende ser borrada jamás.
Los propósitos difieren. El nombre del ser amado o un diseño de catálogo, son conceptos tan distintos como válidos. El tiempo es el único que dirá la verdad.
Solo hay algunas cosas que transgreden al tirano tiempo. El dinero, los objetos, o incluso el amor y los vínculos humanos, terminan. Pero existen otras; oír, ser un instrumento de la música, y la tinta, permanecerán para siempre.
El Antipop