En el cierre de un especial sobre las elecciones, escuché hablar a un politólogo. A uno más. No importa quién ni en qué canal, sí interesa lo que este licenciado destacó sobre la campaña electoral: el lado de la oposición centró su campaña desde mejorar la eficiencia, mientras que el oficialismo propone la inclusión social.
Esto hace reflexionar a cualquier mente inquieta. Dos posturas enfrentadas, más allá de que todo pueda quedar en promesas o en proyectos inviables.
El ciudadano tendrá que elegir entre -básicamente- dos opciones de gobierno totalmente distintas, y por qué no, algunas más carentes de valor y vacías que otras.
El Partido Nacional, histórico gobernante tradicional de este país (aunque no tanto como el Partido Colorado), diagramó la exitosa campaña que evade discusiones, insultos y demás cuestiones inherentes a la campaña electoral, un verdadero "éxito de taquilla" con entradas agotadas y todo.
Pero el hecho innegable, es que el presidenciable del Partido Nacional, tiene su propia historia. Sin juicios de valor, éste pertenece a la clase alta del país. Es probable que por su condición, no conozca aspectos esenciales de la realidad uruguaya, ¿un ejemplo?, pensar que el problema de la "inseguridad" tiene como chivo expiatorio la potestad de juzgar -juridicamente- a menores de edad con adultos, cuando es notorio que el sistema penitenciario está en una situación crítica, donde lo menos que produce éste, son rehabilitaciones.
La sociedad tiene un problema grande, pero no es local, es global. Es imposible englobar a los menores infractores como una única problemática identificada y pendiente de solución. No todos los menores delinquen por la misma razón, así como tampoco pertenecen al mismo contexto socio-económico. En algunos casos es por la misma violencia un "otro" generó; por ver Mercedes Benz circulando cada vez más frecuentemente, o celulares con pantallas enormes.
Es el mismo mecanismo de consumo -hoy al alza y más presente que nunca en esta sociedad- que lleva a muchos menores a cometer una rapiña para conseguir tal o cual objeto, es el producto de estar excluido de todo, de no pertenecer. Este tipo de ilícito es un grito ahogado por ser parte, y ésta claramente, es una de las tantas respuestas al debate de dos propuestas de gobierno.
martes, 21 de octubre de 2014
domingo, 19 de octubre de 2014
La vida sin celular
-¿A qué hora venís?
-A las 10 paso por ahí.
-Ok, mandame un mensaje.
-No, no tengo celular...
::VIOLINES::
Oh sí, "no tengo celular", ¡qué expresión! ¡cuánto dolor! Es casi como dar la noticia del penoso fallecimiento de alguien. Es estar desnudo y desnutrido en el medio de la ciudad. Es exclusión y marginalidad a la vez.
Lector: ¿recuerda el día a día sin celular?, apasionante, una aventura diaria. Un mundo mucho más relajado y ligado a la incertidumbre, donde no había "llamadas perdidas", donde los compromisos eran compromisos y los vínculos se ponían a prueba de fuego. Donde el "se me complicó" -en forma de mensaje, cinco minutos antes de la hora pautada- no existía, tan solo era "creer o reventar"... idílico.
El miedo a que la nena todavía no llega; la magia de salir a buscar a esos amigos atorrantes en lugares públicos frecuentes; una verdadera y excéntrica maravilla. Un concepto, que, junto a otros como el "grabar canciones de cassette a casette en un doble casetero", quedarán en la historia más pintoresca del siglo, que al paso que va, dentro de muy poco nos instalarán un chip en las entrañas antes de nacer.
No hay despertador, no hay mensajería instantánea gratuita, no hay fotos, no hay video, no hay redes sociales azules ni celestes, no hay calendario ni recordatorios. No hay nada, solo un desierto enorme y árido de utilidades y beneficios.
-Disculpá, ¿tenés hora?
-No... (VIOLINES) porque no tengo celular.
Y ahora, a la búsqueda de ese nuevo compañero. Un compañero que tal vez no tenga todas las cualidades de su antecesor, pero en todo caso servirá como un buen soldado, hasta el día en que llegará él, con su cerebro mejorado y su corazón de varios gigas.
Valore la vida lector, y no sé queje si no es necesario.
-A las 10 paso por ahí.
-Ok, mandame un mensaje.
-No, no tengo celular...
::VIOLINES::
Oh sí, "no tengo celular", ¡qué expresión! ¡cuánto dolor! Es casi como dar la noticia del penoso fallecimiento de alguien. Es estar desnudo y desnutrido en el medio de la ciudad. Es exclusión y marginalidad a la vez.
Lector: ¿recuerda el día a día sin celular?, apasionante, una aventura diaria. Un mundo mucho más relajado y ligado a la incertidumbre, donde no había "llamadas perdidas", donde los compromisos eran compromisos y los vínculos se ponían a prueba de fuego. Donde el "se me complicó" -en forma de mensaje, cinco minutos antes de la hora pautada- no existía, tan solo era "creer o reventar"... idílico.
El miedo a que la nena todavía no llega; la magia de salir a buscar a esos amigos atorrantes en lugares públicos frecuentes; una verdadera y excéntrica maravilla. Un concepto, que, junto a otros como el "grabar canciones de cassette a casette en un doble casetero", quedarán en la historia más pintoresca del siglo, que al paso que va, dentro de muy poco nos instalarán un chip en las entrañas antes de nacer.
No hay despertador, no hay mensajería instantánea gratuita, no hay fotos, no hay video, no hay redes sociales azules ni celestes, no hay calendario ni recordatorios. No hay nada, solo un desierto enorme y árido de utilidades y beneficios.
-Disculpá, ¿tenés hora?
-No... (VIOLINES) porque no tengo celular.
Y ahora, a la búsqueda de ese nuevo compañero. Un compañero que tal vez no tenga todas las cualidades de su antecesor, pero en todo caso servirá como un buen soldado, hasta el día en que llegará él, con su cerebro mejorado y su corazón de varios gigas.
Valore la vida lector, y no sé queje si no es necesario.
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